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EDITH WEINBERG

Si, contar su historia eso sí lo quiere, pero «¿también me quiere hacer una foto?. Eso no lo quiere. ¿Por qué me quiere hacer una foto?» Edith Weinberg tiene casi 93 años y piensa que no se deberían hacer fotos de una persona tan anciana. ¿Que es lo que hay que ver? Pero luego de un largo ir y venir se deja persuadir. Y se deja fotografiar. Pero eso no significa que esté convencida.

© Tim Hoppe

© Tim Hoppe

«Nunca más vi a mis padres»

Edith Weinberg nació el 26 de Diciembre de 1912 en Silixen, un pequeño pueblo en la región de Lippe como la hija mayor del matrimonio Katz. Le ponen el nombre de Edith Erika. Seguro que habría mucho que contar sobre esa época en Alemania. También vivió días felices con su hermana menor y sus padres. Pero cuando reflexiona sobre esa época, hay un sólo tema. ¿Alemania? Ese es el país donde tuvo que dejar atrás a sus padres cuando emigró en 1938 poco después de haberse casado. «Lo más importante en mi vida es que haya ido a la Argentina y lo más terrible es que tuve que dejar a mis padres en Alemania», cuenta Edith Weinberg hoy, casi 70 años más tarde. Hace una pausa corta, se pasa la mano por el pelo fino y blanco recién peinado y se queda muy pensativa. «Nunca más vi a mis padres.» En cierta manera ya debió haberlo sabido entonces cuando se despide de su padre en el embarcadero de Bremerhaven. Se acuerda de eso muy bien, dice «mis nervios estaban por estallar.»

Edith vive la experiencia de que los nazis no tienen inhibiciones

El que no es posible quedarse en Alemania eso se divisa bastante temprano para la familia Katz. «Vimos lo que pasaba. Los nazis ya estaban en 1933.» Recuerda que una pariente lejana la llama por teléfono y le pide que venga, «porque los nazis le habían destrozado la casa.» Edith entretanto es una joven adulta y decide ir y ayudarle aunque los padres por miedo están en contra, «pero yo no tenía el corazón para no ir. Fue terrible, totalmente terrible.» Edith vive la experiencia de que los nazis no tienen inhibiciones. En la noche de los pogromes detienen al padre y al tío. Pero su madre es muy conocida y altamente reconocida en el pueblo, «porque se ocupaba de los enfermos y de la gente anciana», relata la hija y sólo por ella los nazis lo dejaron libre al padre, de eso está segura.

El marido de Edith no puede hacer nada por los suegros

Su marido estaba en la Argentina en ese momento para solicitar las llamadas para Edith y algunos familiares. Desde ese momento la joven tiene que esperar 11 meses para poder emigrar. El tiempo suficiente como para darse cuenta de lo urgente que es, que también sus padres se vayan del país. Pero el marido de Edith no puede hacer nada por los suegros. La hermana menor se escapa hacia Holanda y puede esconderse «con gente muy decente, gente muy decente.» «Eran realmente muy, muy decente». Lo acentúa con énfasis. Las dos hijas mantienen el contacto con los padres. «Así que yo siempre sabía como estaban, pero de repente el contacto se cortó». La hermana escribe desde Holanda, «No sé nada de los padres.» «Eso fue muy terrible.» Lo que se presentía en aquel momento hoy hace mucho que es una certidumbre. Sus padres fueron deportados y perecieron en un campo de concentración.
Pero ella puede hacer venir a su hermana a la Argentina «antes de estallar la guerra.» Por ello hasta hoy está muy agradecida.

En la Argentina se siente cómoda

Juntos pese a todo tuvieron un buen comienzo en su nuevo país. Viven dos años «en el campo» como dice ella, con los familiares y muchos conocidos. A ella «para decir la verdad» le gustó mucho. Fundan una compañía de teatro y ven películas. Pero después de dos años se va con su marido a Buenos Aires. En ese tiempo él, que es un fuerte fumador, ya estaba enfermo. Poco más tarde muere. Edith Weinberg nunca tuvo hijos. Lamentablemente, según dice. «Eso fue muy difícil para mí, porque amo a los niños.» Pero en su lugar siempre tuvo a los hijos de sus familiares en su casa. Así que pese a todo fue feliz. Se siente cómoda en la Argentina. «Totalmente» dice y sonríe. Según su pasaporte es alemana pero con ese país tuvo demasiadas malas experiencias. ¿Visto del corazón? Es Argentina. Nunca más volvió a su viejo país. «Me juré de no pisar nunca más suelo alemán.» Y si quiere hablar alemán lo puede hacer en el Hogar Adolfo Hirsch. Como por ejemplo en esta entrevista. La charla le gustó. Y cuando su acompañante le arregló el pelo, también estuvo de acuerdo con la foto. Y cuando ve el polaroid, incluso se da cuenta que también las personas mayores pueden ser fotogénicas.

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