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ALFRED DANIEL

Alfred Daniel está sentado erguido en una silla de la sala de recreo del Hogar Adolfo Hirsch. Es un hombre alto. Es difícil creer que en su vida haya habido situaciones en las que se haya sentido desamparado. Pero las ha habido.

Alfred aguanta todo esto en silencio

Se acuerda del año 1933. Desde hace poco está en primer grado del colegio Friedrich-Hebbel en la ciudad de Wiesbaden. Desde que que los nazis tomaron el poder, ni a él ni al otro alumno judío les está permitido participar en las clases de gimnasia. El maestro de la clase usa el uniforme marrón de los miembros del partido nazi. Una vez finalizadas las clases, los compañeros mayores, todos miembros de la juventud hitleriana, esperan a los dos alumnos, les pegan, les patean y una vez orinan en la boda de amboss. Alfred aguanta todo esto en silencio, por miedo y por vergüenza. No quiere que su padre se entere. Pero éste í que se da cuenta de que a su hijo lo atormentan.

© Tim Hoppe

© Tim Hoppe

„Daniel, tienes que irte hoy mismo, te van a venir a buscar.“

Un día observa esa escena e interviene. Agarra a uno de los jóvenes y le da una paliza, según cuenta el hijo hoy casi octogenario. El padre, que en ese momento tenía 32 años, estaba furioso. Y aquel, al que había agarrado, era justamente el hijo de uno de los funcionarios más altos de la SA en Wiesbaden. Hoy, más de 70 años después, Alfred Daniel todavía se acuerda con precisión de lo ocurrido. Desde ese momento era un peligro mortal quedarse en Wiesbaden. Un amigo, un señor Krause, que es miembro del partido nazi y por eso está al corriente de los eventos, le avisa „Daniel, tienes que irte hoy mismo, te van a venir a buscar“.

Entonces el padre huye hacia Stuttgart a la casa de un amigo. Poco tiempo después la familia le sigue. Para el pequeño Alfred comienza una nueva etapa de su vida, una especie de período intermedio, entre la amenaza de peligro y la libertad. Inicialmente el padre viaja a Palestina, pero los ingleses no le dan un permiso de residencia. Tiene que dejar el país. En consecuencia la familia se reencuentra en Suiza. El padre aún tiene una antigua cédula de identidad argentina, porque en 1924 había estado allí una vez por razones de trabajo. Por eso deciden emigrar a Buenos Aires. Hacen todos los preparativos necesarios. El padre de Alfredo viaja una última vez a Alemania, de incógnito. Dos años más tarde, en 1935, el pequeño Alfred llega al puerto de Buenos Aires con el vapor Monte Sarmiento, acompañado por su hermana y sus padres.

Relata y quiere integrar lo sucedido históricamente

Alfred Daniel sigue erguido en su silla. Hace sólo un par de meses que es voluntario aquí en el Hogar Adolfo Hirsch. Un ayudante voluntario, uno de los pocos hombres. Le gusta contar de su vida. Se entusiasma y quisiera contextualizar todo esto en la historia, explicarlo, pero con eso nos vamos por las ramas. Siempre se ha ocupado de su pasado. Hace unos años que trata de darle una forma literaria. Ya ha publicado varios libros y cuentos cortos. Su pasado juega un papel importante en cada uno de sus libros.

„Vos también sos uno de esos judíos sucios justo como el maestro“

Enseguida, después de la llegada al nuevo país, el niño de 9 años va a sexto grado „de un buen colegio alemán, el colegio Pestalozzi. Aquí ya nadie lo trata mal. Pero después va a un colegio secundario del estado. Es un buen alumno. Un día un compañero argentino le dice: „Vos también sos uno de esos judíos sucios justo como el maestro.“ Entonces se abalanza sobre él. „Si no nos hubieran separado, probablemente lo hubiera matado“., dice y se queda muy serio. Hay cosas en su vida que no supera: „por ejemplo si alguien me ofende por mi religión o dice que soy un mentiroso y no mentí o si me echan en cara algo que no hice“

Para él no hay una culpa colectiva

Pero no se deja doblegar. Va a la universidad, se doctora en química y luego trabaja en una empresa. Alfred Daniel, que en Wiesbaden tenía sobre todo amigos judíos, que fue iniciado en la religión en la sinagoga del Dr. Paul Lazarus y se siente muy judío hasta hoy, según dice, se casa con una alemana no judía. Hace hincapié en el hecho de que los padres de su mujer eran alemanes pero no eran nazis. Tuvo dos hijos con ella. Para él no hay una culpa colectiva. Siempre fue consciente de que no todos los alemanes eran nazis. Como colaborador voluntario de la fundación Wallenberg busca a personas alemanas que ayudaron a judíos. Su mujer fallece en 1983 de un tumor cerebral.

Quiere volver a casarse, pero esta vez con una mujer judía „porque necesitaba una compañera que se sienta judía como yo“. La encuentra. Se casan en Alemania. Esto sucede porque Alfred Daniel hace 25 años que trabaja para la compañía Kronos, con sede en Leverkrusen, en Alemania. Por este trabajo tiene un contacto muy estrecho con alemanes, viaja mucho y se hace amigos. Pero siempre habla de la época de los nazis. Para él es importante explicar y aclarar.
Se siente cómodo con la juventud en Alemania. Pero cada vez que ve a una persona mayor siempre se pregunta si esa persona a lo mejor fue nazi. „Y siempre me pregunto si fue alguno de esos que mataron a mi gente“. A él le parece que es un defecto de su carácter.

Ningún otro país que Argentina

Se puede trazar el árbol genealógico de la familia Daniel hasta el siglo XVII. El 70 por ciento de aquellos que nacieron entre los años 1880 y 1910 fueron matados en los campos de concentración. Por ello la actitud de Alfred Daniel con respecto a Alemania siempre permanecerá crítica. Analiza la situación política en Alemania escrupulosamente. Que haya neonazis y los escándalos como los de Möllemann y Hohmann lo ponen furioso. Argentina también tiene su antisemitismo, dice, eso no puede negarse, pero su nueva patria con respecto a los judíos perseguidos se comportó mejor que todos los otros países. „En relación al número de sus habitantes, la Argentina acogió a más judíos que los EEUU“. Por eso para él no hay otro país como la Argentina. ¿Volver a Alemania?. Su empresa le ofreció esa posibilidad en la época en que la dictadura dominaba la Argentina, pero él no pudo. Las humillaciones de su niñez se le habían marcado demasiado profundamente.

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